Ibai cogió el libro que le habían regalado, tardo cinco minutos en empezar a quejarse porque no quería leer y justo llegó su madre. Se sentó alado suyo y le explicó que el aspecto que tubiera la portada y todas las ojas que puediera llegar a tener, unas quinientas, no quería decir que tubiera que ser aburrido.
Dias despúes el niño ya había acabado el libro que no quería leer.
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